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Celestún muestra señales claras de recuperación marina tras un año como refugio pesquero

Durante varios años, el pepino de mar dejó de formar parte del ecosistema de Celestún.

por Luis Carmona
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La pesca excesiva y las prácticas ilegales provocaron su desaparición y afectaron gravemente a otras especies que durante décadas habían sido la base económica del puerto. Hoy, esa realidad comienza a cambiar.

A doce meses de la implementación de arrecifes artificiales dentro del Refugio Pesquero de Celestún, la biodiversidad marina empieza a recuperarse. La presencia de nuevas especies y el retorno de otras que se consideraban perdidas confirman que la protección efectiva del mar puede revertir el deterioro ambiental.

Pescadores locales y especialistas han registrado nuevamente la aparición de pepino de mar, pulpo, langosta y diversas especies asociadas al arrecife, así como el avistamiento de tortugas marinas en un polígono donde la vigilancia ha sido constante y la pesca está restringida. Para quienes dependen del mar desde hace generaciones, estos hallazgos representan una esperanza tangible.

José Novelo Chac, presidente del Refugio Pesquero de Celestún, señaló que la recuperación es evidente y que hay especies que no se observaban desde hace casi diez años, particularmente el pepino de mar, cuya población fue prácticamente eliminada tras un periodo de depredación intensiva.

También confirmó que en la zona protegida ya se detecta la presencia regular de tortugas marinas, un indicador de que el ecosistema comienza a estabilizarse.

Una zona estratégica para la conservación

La elección de Celestún como refugio no fue fortuita. De acuerdo con Novelo Chac, históricamente esta franja del litoral yucateco fue una de las más productivas en términos de biodiversidad, especialmente para el pepino de mar. Esa riqueza natural, paradójicamente, la convirtió en un punto crítico de sobreexplotación.

El refugio fue creado para frenar el colapso de las poblaciones marinas, permitir su reproducción natural y generar un efecto de dispersión hacia áreas vecinas. En este proceso, la instalación de más de medio centenar de arrecifes artificiales ha sido determinante, al ofrecer espacios de resguardo, alimentación y reproducción que han permitido reconstruir el equilibrio ecológico.

Conservación que nace desde la comunidad

Más allá de la infraestructura submarina, el éxito del refugio se apoya en la participación social. En Celestún, pescadores, autoridades municipales y representantes comunitarios han impulsado acciones de concientización para fortalecer el respeto a la zona protegida.

El objetivo es que, al mantenerse libre de actividad extractiva, el refugio funcione como una “fábrica natural” de vida marina, cuyos beneficios se extiendan gradualmente a otras áreas de pesca. Para una comunidad cuya economía depende en gran medida del mar, esta estrategia se percibe como una inversión a largo plazo.

Celestún, antecedente de una política más amplia

La experiencia en este puerto sentó las bases para una nueva visión en el manejo pesquero de Yucatán. Desde 2019, el esquema de refugios marinos comenzó a replicarse en distintos puntos de la costa como respuesta al agotamiento de los recursos pesqueros.

Actualmente existen zonas protegidas en localidades como Dzilam de Bravo, San Felipe, El Cuyo, Chabihau, Telchac Puerto y El Cerrito, frente a Chuburná, conformando una red de áreas destinadas a la recuperación de especies clave como el pulpo, el mero, la langosta y el pepino de mar.

La crisis que obligó a actuar

El establecimiento de estos refugios surge en un contexto de alarma. Registros oficiales y testimonios del sector pesquero reportan disminuciones de hasta 70 % en las capturas de pulpo en algunas regiones, así como caídas importantes en otras especies comerciales. La combinación de presión pesquera, ilegalidad y falta de regulación aceleró el deterioro del mar.

Ante este escenario, los refugios pesqueros se consolidaron como una herramienta de manejo sustentable, al delimitar áreas donde la pesca se limita o se suspende por periodos prolongados, permitiendo que los ciclos biológicos se desarrollen sin intervención.

Más que prohibición, una apuesta por el futuro

En Yucatán, los refugios no se conciben únicamente como zonas de restricción, sino como espacios de regeneración. El caso de Celestún demuestra que, con vigilancia, corresponsabilidad social y cumplimiento de las normas, el mar tiene capacidad de recuperarse.

El retorno del pepino de mar y de otras especies no solo es una buena noticia ambiental, sino también un mensaje claro para las comunidades costeras: la conservación es la base para garantizar la permanencia de la pesca como actividad económica. En ese equilibrio entre protección y aprovechamiento, los refugios marinos se perfilan como una de las estrategias más sólidas para el futuro del litoral yucateco.

Redacción: Yucatánalamano.

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