Estas imágenes, preservadas por generaciones de fieles y custodios religiosos, adquieren protagonismo en celebraciones litúrgicas y procesiones, especialmente durante el Viernes Santo. En estas fechas, pueden apreciarse de cerca, ya que gran parte del año permanecen resguardadas en nichos o sacristías.
Aunque muchas de estas piezas carecen de información precisa sobre su origen, existen registros parciales en archivos eclesiásticos que permiten rastrear su historia. Algunas de ellas datan de los siglos XVII y XVIII, lo que las convierte en auténticos testimonios del periodo colonial.
Un episodio clave en su preservación ocurrió entre 1916 y 1918, durante la persecución religiosa en México, cuando comunidades católicas protegieron estas imágenes, en especial las utilizadas en los rituales de Semana Santa.
Devociones emblemáticas en la región
Entre las representaciones más arraigadas se encuentra la Virgen Dolorosa, que simboliza el sufrimiento de María ante la crucifixión de Jesús. Su culto tiene raíces tempranas en la región, con registros que indican su participación en procesiones desde el siglo XVII en la Catedral de Mérida.
Otra figura destacada es la Virgen de la Soledad, cuya advocación también es conocida como de las Angustias o de los Siete Dolores. Un ejemplo notable proviene de la antigua hacienda Pebá y se remonta a finales del siglo XVIII.
En diversas comunidades como Yaxkukul, Bolón, Teabo y Telchaquillo, es tradición vestir a imágenes marianas —como la Virgen de la Candelaria o de la Concepción— con atuendos negros en señal de duelo durante estas fechas.
El simbolismo del Santo Sepulcro y otras figuras
El Santo Sepulcro, una urna que resguarda la imagen de Cristo yacente con extremidades articuladas, ocupa un lugar central en las ceremonias del Viernes Santo, particularmente en el llamado Oficio de Tinieblas. Algunos ejemplos destacados se encuentran en antiguos complejos religiosos como los de Maní e Izamal, así como en templos históricos de otras localidades.
La figura de San Juan Apóstol, considerado el discípulo más cercano a Jesús, suele acompañar a la Virgen Dolorosa en distintos templos, reforzando la narrativa de la Pasión.
También destaca San José de Arimatea, personaje bíblico vinculado con la sepultura de Cristo. En Yucatán, su representación es poco común y se localiza en la iglesia de la Natividad, en Acanceh, generalmente junto al sepulcro.
Otra imagen significativa es la de La Verónica, asociada al momento en que, según la tradición, limpió el rostro de Cristo durante el Viacrucis. Su representación forma parte de esta secuencia devocional y puede encontrarse en distintos templos de la región.
Por su parte, San Dimas, conocido como el “buen ladrón”, mantiene una devoción particular. Su imagen, frecuentemente representada en la cruz, aparece tanto en iglesias como en espacios privados, reflejo de una tradición profundamente arraigada.
Un legado que perdura
Además de estas figuras, existen otras representaciones menos comunes, como las de Gestas —el llamado mal ladrón— o María Magdalena, que también forman parte del patrimonio religioso de la región.
Todas estas imágenes constituyen un legado histórico y espiritual que se ha transmitido a lo largo de generaciones, desde los tiempos en que Yucatán formaba parte del antiguo obispado. Hoy, continúan siendo objeto de devoción y admiración, especialmente durante una de las épocas más significativas del calendario litúrgico.
Redacción: Yucatánalamano.