En el corazón de China, una obra de ingeniería descomunal retiene las aguas del río Yangtsé con un alcance que trasciende lo imaginado. La presa de las Tres Gargantas —la central hidroeléctrica más grande del mundo— no solo transformó el paisaje y la vida de millones de personas, sino que ha llegado a afectar ligeramente la rotación de nuestro planeta. Científicos de la NASA confirmaron recientemente que la inmensa masa de agua acumulada en este embalse ha alterado sutilmente el eje de la Tierra, provocando un cambio apenas detectable en la duración de nuestros días. No es ciencia ficción ni exageración: un megaproyecto humano ha dejado literalmente su huella en la geofísica terrestre.
La agencia espacial estadounidense incluso señaló que, a causa de este fenómeno, “disminuyó la duración del día, cambió ligeramente la forma del planeta y desplazó el Polo Norte unos centímetros”, poniendo de relieve consecuencias inesperadas de una construcción sin precedentes. Aunque el efecto práctico es minúsculo, su sola existencia despierta asombro y plantea preguntas sobre la capacidad humana de influir en procesos planetarios que antes se creían inmutables.
¿Cómo fue construida la presa?
La presa de las Tres Gargantas es una maravilla de la ingeniería moderna situada en la provincia de Hubei, en el centro de China. Su construcción —iniciada en 1993 y completada en 2012— requirió casi dos décadas de trabajo titánico. Concebida originalmente en 1919 por el líder chino Sun Yat-sen como solución para domar las feroces crecidas del Yangtsé y generar energía, el proyecto tomó forma a fines del siglo XX, en medio de debates sobre sus enormes costos y desafíos técnicos. Hoy, la estructura resultante impone dimensiones colosales: más de 2 kilómetros de longitud y 182 metros de altura, construidos con 510 mil toneladas de acero.
Con 34 turbinas generadoras, la central produce más electricidad que cualquier otra hidroeléctrica del planeta —se estima que once veces más energía que la famosa presa Hoover de Estados Unidos— y suministra luz y potencia a gran parte del territorio chino.
Pero su importancia no es solo energética. Levantada a lo largo del cañón de las Tres Gargantas, la presa forma un embalse masivo que ayuda a controlar las inundaciones estacionales del Yangtsé, un río históricamente devastador. Gracias a su embalse, ciudades ribereñas densamente pobladas como Wuhan, Nankín o Shanghái gozan de mayor protección durante la temporada de lluvias. Además, la vía fluvial ahora es más navegable, impulsando el comercio interior. En términos de ingeniería civil, esta megaobra se erige como símbolo del desarrollo chino: ambiciosa, polémica y de un alcance monumental tanto en beneficios como en efectos secundarios.
¿Cómo puede una presa frenar la Tierra?
La idea de que un embalse humano pueda ralentizar la rotación terrestre suena extraordinaria, pero tiene base científica. Todo parte de un principio físico simple: cualquier redistribución de masa en el planeta puede influir en cómo gira la Tierra. Ya en 2004, tras el catastrófico tsunami del océano Índico, científicos de la NASA detectaron ligeros cambios en el movimiento de la Tierra. Aquel terremoto submarino trasladó millones de toneladas de agua y roca, lo que redujo imperceptiblemente la duración del día y desplazó el eje de rotación unos centímetros.
“Cualquier evento que implique movimiento de masa afecta la rotación de la Tierra, desde el clima estacional hasta conducir un automóvil”, explica el geofísico Benjamin Fong Chao, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA.
Por lo general, estos efectos son diminutos, casi imposibles de percibir sin instrumentos precisos, pero existen. Y aquí es donde entra en escena la presa de las Tres Gargantas.
Cuando el embalse chino se llena por completo, llega a contener alrededor de 42 mil millones de toneladas de agua (equivalente a unos 40 kilómetros cúbicos) almacenadas a 175 metros sobre el nivel del mar.
Esta acumulación de masa lejos del centro de la Tierra no estaba allí antes; es una nueva distribución del peso del planeta. Para imaginar su efecto, conviene pensar en un patinador sobre hielo girando: si extiende los brazos alejando masa de su eje, su rotación se vuelve más lenta; si los recoge cerca del cuerpo, gira más rápido. Del mismo modo, la Tierra al retener tanta agua en un embalse de alta elevación ve aumentado su momento de inercia (resistencia al cambio en la rotación). Por conservación del momento angular, nuestro planeta responde girando un poco más despacio para equilibrar ese cambio.
Los cálculos de la NASA cuantifican el fenómeno: la inmensa presa china ha “provocado un pequeño pero perceptible cambio en la rotación de la Tierra, como resultado del cual el día se adelantó en 0.06 microsegundos y el eje se desplazó unos 2 centímetros”, aseguró el especialista Fong Chao al dar cuenta del hallazgo.
En otras palabras, cada jornada en la Tierra ahora dura 0.00000006 segundos más corta que antes de la existencia de la presa —una fracción de tiempo absolutamente imperceptible para los humanos, pero medible con instrumentos científicos—, y el eje terrestre (la línea imaginaria alrededor de la cual gira el planeta) cambió de posición en unos dos centímetros. Dicho de otro modo, la Tierra se tambaleó sutilmente por efecto de esta obra humana.
Los investigadores añadieron que al redistribuir tanta masa hacia el ecuador, el planeta se hizo ligeramente más achatado en los polos y abultado en el centro, profundizando su forma esferoidal. Todo esto ocurre a escala microscópica, pero confirma las predicciones teóricas de la física sobre cómo nuestro mundo responde a cambios en la distribución de su peso.
¿Qué implicaciones globales y humanas tiene?
Que un dique construido por el hombre cause un efecto detectable en la rotación de la Tierra tiene profundas implicaciones simbólicas y científicas. Por un lado, subraya la influencia de las actividades humanas en los procesos naturales del planeta, tal como remarcó el geofísico Chao: “este descubrimiento subraya la influencia de las actividades humanas en los procesos naturales del planeta”.
Si bien el cambio causado por la presa de las Tres Gargantas es minúsculo y no representa ningún riesgo inmediato —nuestros relojes no necesitan ajuste y la vida cotidiana continúa igual—, el hecho es revelador. Demuestra que las acciones humanas a gran escala, ya sea intencionalmente (como una mega construcción) o incidentalmente, pueden llegar a tener un alcance planetario. Vivimos en una era en que la línea entre la naturaleza y la obra humana se difumina: hemos construido algo tan grande que la Tierra “lo siente” en su girar.
No obstante, los expertos enfatizan que esta alteración es más una curiosidad científica que una preocupación práctica. El efecto gravitatorio de la presa es real pero minúsculo en comparación con otros fenómenos.
Por ejemplo, el derretimiento continuo de los casquetes polares debido al cambio climático redistribuye masas de agua desde los polos hacia el mar, lo que potencialmente puede alterar la rotación en mayor medida que un embalse específico. Del mismo modo, los movimientos de las placas tectónicas y grandes terremotos a lo largo de la historia geológica han modificado la duración del día en milésimas de segundo, cambios bastante mayores que los 0.06 microsegundos atribuidos a la presa china.
En este contexto, la hazaña de las Tres Gargantas nos recuerda que incluso no somos los únicos capaces de torcer —por un instante infinitesimal— el giro terrestre: la naturaleza misma lo ha hecho repetidamente. La diferencia es que ahora tenemos instrumentos para detectarlo y, por primera vez, somos capaces de provocarlo de forma consciente (aunque colateral) con nuestras obras.
¿Cómo una presa en China cambió el eje de la Tierra?
La respuesta combina la monumental ambición de la ingeniería con las sutiles leyes de la física. La presa de las Tres Gargantas logró domar las aguas del Yangtsé y alimentar el progreso de un país, pero al hacerlo reordenó una porción de la masa planetaria y nos recordó que todo en la Tierra está interconectado. Hoy sabemos que nuestros días son ínfimamente más largos y nuestro planeta, apenas diferente en su orientación, a causa de una decisión humana. Aunque el cambio no afecte nuestras rutinas, su detección es un triunfo de la ciencia moderna y un símbolo de la nueva era geológica en la que vivimos, una era en la que las obras humanas pueden medirse contra fuerzas de la naturaleza.
Al final, el legado de la presa de las Tres Gargantas es doble. Por un lado, representa el éxito tecnológico y económico de aprovechar la energía hidroeléctrica a una escala sin precedentes, con todos los beneficios que ello conlleva. Por otro, encarna un recordatorio de la responsabilidad que recae sobre la humanidad al alterar el entorno planetario. Como señalan los expertos, a medida que avancemos con proyectos aún más grandes, será crucial considerar las implicaciones geofísicas y climáticas de nuestras acciones.
Fuente: Excelsior