Por Luis Carmona.
En los últimos 20 años (y de forma más marcada en la etapa posterior a la pandemia y al aumento generalizado del costo de vida) esta celebración ha experimentado una transformación profunda. Hoy, la Navidad ya no se vive de una sola manera: para algunos sigue siendo una fecha central del calendario emocional; para otros, se ha convertido en un gasto difícil de sostener o en una tradición que ha perdido sentido.
De la tradición al replanteamiento
A inicios de los años 2000, la Navidad conservaba una estructura bastante clara: decoración abundante, cena formal, intercambio de regalos y una narrativa fuertemente enfocada en la infancia. Dos décadas después, ese modelo se ha fragmentado. Cambios en la composición de los hogares, nuevas dinámicas laborales, la digitalización del consumo y la presión económica han modificado la forma en que se vive diciembre.
Cada vez es más común encontrar hogares donde la Navidad se celebra de manera reducida, se transforma o simplemente se omite. No se trata necesariamente de un rechazo a la festividad, sino de una adaptación a un contexto donde los ingresos no crecen al mismo ritmo que los precios.
¿Vale la pena celebrar cuando ya no hay niños en casa?
Uno de los cambios más evidentes se da en los hogares donde los hijos ya crecieron o donde nunca los hubo. Para muchas personas adultas, la Navidad estaba íntimamente ligada a la ilusión infantil: el árbol, los regalos, los rituales pensados para los más pequeños. Al desaparecer ese eje, la pregunta surge de forma natural: ¿para qué celebrar?
Algunas familias encuentran nuevas razones (la convivencia, la memoria, el cierre simbólico del año), mientras que otras optan por reuniones más pequeñas, cenas informales o incluso por no hacer nada especial. En paralelo, ha aumentado el número de personas que pasan estas fechas solas o que prefieren viajar, trabajar o tratar el 24 y 25 de diciembre como días ordinarios.
La Navidad, en ese sentido, ha dejado de ser una obligación social incuestionable y se ha convertido en una decisión personal.
Regalos: del juguete físico al consumo digital
El cambio generacional también se refleja con claridad en los regalos. Hace 20 años, las listas navideñas estaban dominadas por figuras de acción, muñecas, carros, pistas, juegos de mesa y bicicletas. Hoy, niños y adolescentes piden celulares, tablets, consolas de videojuegos, computadoras y, cada vez más, tarjetas de regalo para plataformas digitales y videojuegos en línea.
Este giro no solo responde a la evolución tecnológica, sino también a la practicidad: una tarjeta digital elimina errores de compra y concentra el gasto en un solo objeto, aunque intangible. Sin embargo, para muchos padres, este tipo de regalos implica un desembolso mayor y una presión adicional por mantenerse al día con la tecnología.
En consecuencia, numerosos hogares han reducido la cantidad de regalos o han optado por uno solo, priorizando la utilidad sobre la abundancia.
Navidad y alcohol: entre el brindis y el exceso
Otro aspecto que ha ganado visibilidad es el consumo de alcohol durante las fiestas decembrinas. Para muchos adultos, la Navidad se ha convertido en una excusa socialmente aceptada para beber: cenas, posadas, reuniones laborales y encuentros familiares donde el alcohol es protagonista.
Si bien el brindis forma parte de la tradición, también existe una crítica creciente hacia la normalización del consumo excesivo durante estas fechas. En contraste, algunos hogares han comenzado a replantear esta dinámica, optando por celebraciones más sobrias o incluso por eliminar el alcohol como parte central de la reunión.
Este debate refleja una tensión más amplia: la Navidad como espacio de convivencia o como pretexto para el exceso.
Celebrar menos… o no celebrar
El factor económico atraviesa todos estos cambios. El aumento en los precios de los alimentos, los regalos, las decoraciones y la energía eléctrica ha llevado a muchas familias a hacer recortes drásticos. La decoración navideña, antes símbolo de entusiasmo, es hoy uno de los primeros rubros en sacrificarse.
Luces exteriores que permanecen apagadas, árboles sin iluminación o decoraciones reutilizadas durante varios años son escenas cada vez más comunes. El costo del consumo eléctrico ha hecho que algunas familias limiten el tiempo de encendido de luces a unas pocas horas o eliminen por completo los adornos luminosos.
La cena de Nochebuena también se ha simplificado. Platillos tradicionales han sido sustituidos por menús más modestos o comidas compartidas entre varios hogares para dividir gastos. En algunos casos, la celebración se reduce a una comida simbólica sin mayor despliegue.
Más allá de la reducción, existe un grupo que ha decidido no celebrar la Navidad. Adultos sin hijos, personas endeudadas o familias afectadas económicamente optan por no decorar, no cocinar y no intercambiar regalos. Para ellos, la fecha representa una presión social que no siempre es compatible con su realidad financiera.
Una Navidad distinta, pero vigente
Pese a todo, la Navidad no ha desaparecido. Lo que se observa es una redefinición. Menos centrada en el consumo desmedido y más en decisiones conscientes: celebrar con lo que se puede, o no celebrar sin culpa.
La Navidad actual convive con contradicciones: nostalgia y pragmatismo, tradición y renuncia, convivencia y soledad. Es un reflejo del momento social que se vive, donde las emociones siguen presentes, pero el presupuesto impone límites claros.
A 20 años de distancia, la Navidad ya no es igual para todos. Y quizá nunca lo fue. Hoy, más que nunca, es una elección personal: celebrarla en grande, en pequeño… o simplemente dejarla pasar.