En los últimos 23 años, la región ha atravesado al menos 14 periodos de sequía, con niveles que van de moderados a severos, según los registros históricos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN). El episodio actual, iniciado en mayo de 2025, se mantiene activo en distintas zonas del estado y se ubica entre los más prolongados desde que se tiene seguimiento sistemático, siendo el séptimo más extenso desde 2003.
El análisis de los registros climáticos muestra que la península ha experimentado etapas prolongadas de déficit de lluvia, como las ocurridas entre 2003 y 2005, y posteriormente de 2006 a 2008, este último considerado el periodo seco más largo de la historia reciente. A estos se sumaron eventos relevantes en 2012–2013, 2015, 2016–2017 y varios episodios de menor duración entre 2018 y 2022. Más cerca en el tiempo, el lapso comprendido entre junio de 2023 y junio de 2024 volvió a poner en jaque a los ecosistemas y a las actividades productivas de la región.
El estiaje de 2025: avances parciales, retos persistentes
La sequía vigente comenzó oficialmente en la segunda mitad de mayo de 2025. De acuerdo con el Monitor de Sequía en México, elaborado por la Comisión Nacional del Agua (Conagua), en ese momento 41 municipios de la península ya presentaban afectaciones: 27 bajo sequía moderada (D1) y 14 en condición severa (D2).
Si bien la temporada de lluvias y ciclones de 2025 fue particularmente activa a escala nacional y permitió reducir las zonas afectadas, en la Península de Yucatán el impacto fue desigual. Las precipitaciones no lograron compensar por completo el déficit acumulado durante el estiaje.
Al concluir la temporada, los análisis climáticos indicaron que alrededor del 2.8 % del territorio yucateco permanecía en sequía moderada y cerca del 1.3 % en sequía severa, con mayor incidencia en municipios como Río Lagartos, San Felipe y Tizimín.
Las lluvias registradas, aunque relevantes, no fueron suficientes para recargar de manera homogénea los acuíferos ni para equilibrar una demanda de agua cada vez mayor, impulsada por el crecimiento urbano y el aumento de la actividad productiva.
Consecuencias en el campo y la ciudad
El impacto del estiaje de 2025 se reflejó con fuerza en las zonas rurales. Productores agrícolas enfrentaron ciclos de siembra irregulares, retrasos o cancelaciones, así como una disminución en la producción de granos, hortalizas y forrajes. La pérdida de pastizales también afectó a la ganadería, obligando en algunos casos a reducir hatos.
Las comunidades con menos recursos fueron las más afectadas, al contar con menor capacidad para perforar pozos o implementar soluciones alternativas de abastecimiento. La escasez de agua repercutió no sólo en la producción agrícola, sino también en la seguridad alimentaria y en las economías locales.
En áreas urbanas, incluida la capital del estado, se reportaron problemas como baja presión, cortes intermitentes y restricciones en colonias y comisarías, derivados de una demanda que supera la capacidad de suministro en ciertos periodos.
Reservas hídricas bajo presión
La distribución irregular de las lluvias en 2025 evidenció una problemática estructural: la disminución de las reservas subterráneas y la prolongación del estiaje característico de la región. A ello se sumó una canícula más intensa de lo habitual, periodo que en Yucatán suele extenderse de mayo a agosto y que ese año presentó una reducción marcada de precipitaciones.
Entre los efectos ambientales se encuentran un mayor riesgo de incendios forestales, la degradación de suelos y alteraciones en ecosistemas acuáticos y costeros, asociados a la menor disponibilidad de agua superficial y subterránea.
Un contraste con el panorama nacional
En el contexto nacional, el comportamiento climático de 2025 fue contrastante. Gracias a una temporada de lluvias y ciclones muy activa, para el 15 de enero de 2026 sólo el 7.4 % del territorio mexicano presentaba algún grado de sequía, el nivel más bajo en seis años.
Sin embargo, este alivio no se reflejó de manera uniforme en el sur-sureste del país ni en la península, donde el déficit hídrico acumulado mantuvo condiciones de vulnerabilidad pese a las lluvias.
Desafíos de largo plazo
Especialistas coinciden en que la solución a la crisis hídrica no depende únicamente de la intensidad de las lluvias. Factores como la sobreexplotación de acuíferos, el crecimiento urbano desordenado, el uso ineficiente del agua y la falta de infraestructura para captación y almacenamiento agravan la situación.
Ante este escenario, expertos y organizaciones civiles han insistido en la necesidad de una gestión integral del recurso hídrico, que contemple tanto la disponibilidad natural como la equidad en el acceso y el impulso a sistemas sustentables de captación durante la temporada de lluvias.
Más allá de estadísticas y mapas, la sequía se traduce en rutinas alteradas, decisiones difíciles para productores rurales y comunidades que ven en la perforación de pozos la única salida, muchas veces a un costo elevado. En Yucatán, la escasez de agua no es sólo un fenómeno climático: es un factor que redefine la relación entre la sociedad y su entorno.
Redacción: Yucatánalamano.